
-¿Estas alcohólico cabrón?
-No, lo que pasa es que mi mujer jode mucho.
Este intento de interrogatorio de mi parte entre medio de Heinekens en plena Noche Buena pudiese resumir la vida de mi pana Moncho 3 Pies. De todos los integrantes del Corillo Bellaco Moncho siempre fue el menos comprendido y con peor suerte de todos, como si hubiese nacido bajo una nube negra a la que al final podía escupir y reírsele sin ningún problema. Querido por pocos, odiado por muchos. Su padre era un militar que quiso ser abogado después de viejo y tan pronto paso la reválida le grito a su familia desde su carro lleno con todos sus motetes: “¡Chekeamos, chorro e’ locos!”, para no volver jamás. Sus hermanas cuando niño lo habían sometido a experimentos tan crueles como darle a beber gasolina diciéndole que era Hawaiian Punch y enseñarle el primer material pornográfico que vio en su vida que consistía de una mujer, un caballo y un condón lleno de semen equino. Según su propia admisión Moncho había sido “un chamaquito de esos que les fundieron el cerebro con Ritalin en los ochenta para que se estuvieran quietos”.
Fue bautizado con ese nombre por el corillo porque cada vez que lo llamábamos para jugar baloncesto lo interrumpíamos a mitad de su dosis diaria de porno y salía al frente de su casa encojonao vestido con solo un boxer para que pudiésemos notar lo que estaba haciendo. Lo hizo hasta el día que Kebo después de varias advertencias le tiro con la bola de basket hacia sus manoseados genitales mientras le gritaba: “¡Avanza y ponte ropa, jodío cabrón, que hace falta uno pa’l doble cancha!”

Aunque nunca había salido del país para nosotros era como el gringo del grupo ya que, además de ser alto, blanco y vestirse como un payaso violento de mahones anchos (o sea, rapero), también estudiaba en Buchanan y su conocimiento del ingles le permitían escuchar las canciones de Cypress Hill mientras la mayoría solo escuchaba a Baby Rasta y Gringo. Solo una excusa más para que le dieran de codo en su propio barrio.
La realidad era que lo evitaban por su sinceridad tan inoportuna y tan “en tu cara” que no muchos soportaban. Fue esta misma sinceridad la que provoco que en una tarde de tantas en la cancha, ante la pregunta de Pichi Poca Vida a Carlitos Crack sobre si el hombre que acompañaba a su mamá a hacer compras era su nuevo novio, el entrometido de Moncho 3 Pies gritará bien duro: “¡No! ¡Ese es el que se lo mete!", seguido de las risas de todos nosotros y la mirada encojoná de Carlitos a Moncho.
Fuera la razón que fuera para que lo trataran igual que a Magic Johnson en la N.B.A. el día que anunció que tenía sida para mi Moncho siempre fue uno de mis mejores amigos. Tal vez sea que me identificaba con su sincera crueldad al insultar y decirle las verdades que nadie aguanta a los demás, o tal vez porque con él me di cuenta que siempre se podía aprender algo de alguien no importa cuan jodía estuviese esa persona en la vida.
Hasta puedo decir sin temor a equivocarme que de todo el Corillo Bellaco de Moncho 3 Pies es de quien más historias y recuerdos guardo en mi maltratado cerebro. Desde morder perros en defensa propia, pasando por fingir ataques de epilepsia en la playa para poder montarle conversación a las nenas que de otra forma no nos hablarían, hasta salvar mi vida la vez que pensamos que nadar de Palominos a Palominitos no era tan lejos.
Pero la historia que mejor recuerdo de Moncho 3 Pies y que todavía me hace preguntarme a mi mismo si cometimos algún delito sexual fue una que ocurrió la noche del Día de Acción de Gracias del año 2000.
Esa noche Moncho y yo decidimos darle una visita a nuestra vecina Dayna Tetas. Dayna era una nena que cogía clases de catecismo con nosotros que no era lo suficientemente linda como para salir con ella pero que tenía unas glándulas mamarias en el pecho que fácilmente podían erradicar la hambruna en África. Dicho en otras palabras, era una de esas nenas que uno no se lo metería pero si quisiera apretarle las tetas un rato por curiosidad a ver como se sienten.
Cuando llegamos a casa de ella se encontraba planeando una salida para el cine con unas amistades de ella que no conocíamos. Hablo a solas un rato con sus amigas y nos pregunto si queríamos ir con ella. Moncho y yo nos miramos con nuestras indumentarias raperas que nos hacían ver sospechosos ante los ojos de cualquier guardia de palito de mall en quiebra y no lo dudamos en ningún momento. Solo habían dos carros, el de Dayna, que era un Technica rojo y el de la amiga de ella. Dayna nos dijo a Moncho y a mi que nos fuéramos en el carro solo con ella. No nos pareció raro que solo fuéramos Moncho y yo en el carro con Dayna mientras sus amigas estaban en otro carro. “Dale” fue lo que dijimos y nos montamos. Cuando llegamos a los cines de Montehiedra ya la tanda se había acabado. “Pues vamos pa’ San Juan” alguien menciono, “dale” fue lo que dijimos.
Llegamos a un liquor store y decidimos que añadiríamos un cuarto integrante al carro, mi buen amigo José Cuervo añejo – Reserva de la Familia. Ya para este punto el otro carro se había desaparecido y no nos importaba mucho, solo queríamos bebernos el tequila y seguir por ahí sin rumbo.

Sentados en la playa fue donde los tres, Moncho, Dayna y yo, decidimos bebernos el tequila y hablar mierda un rato. De sipi en sipi nos lo acabamos entre los tres. Es importante recordar que una botella de tequila repartida equitativamente entre tres personas cuyos cuerpos apenas ni tenían veinte años puede causar los mismo efectos que meterle una Viagra molía en un trago al viejo verde de Don Francisco jangeando en los bastidores de sus hostigadas modelos.
Mientras todavía estábamos los tres conscientes decidimos ir a Nono’s en Viejo San Juan para seguir bebiendo y jangeando a lo loco. Por el camino me fije que Dayna tenía el cassette de Boyz II Men y como ya me sentía más suelto y con más valentía le dije que yo también tenía ese cassette. En realidad no lo tenía pero eso la emociono y eso era justo lo que yo quería. Todo esto mientras Moncho me miraba desde la parte de atrás del carro sabiendo que todo lo que yo decía eran mentiras “pa’ ver si caía”.
Cuando llegamos a Viejo San Juan ya la borrachera no dejaba que Dayna guiara bien y le pidió a Moncho que estacionara el carro por ella. Cuando me baje del carro Dayna ya estaba en la acera e introdujo su lengua con peste a tequila barato en mi boca. Ni siquiera tuve que seguir hablándole y ya me la estaba grajeando sin mucho esfuerzo. Lo peor fue que Moncho se dio cuenta, se quedo medio soso pero siguió caminando con nosotros hacia Nono’s. Una vez allí Moncho se fue para el segundo piso del negocio, mientras Dayna y yo nos quedamos en el primer piso porque ella me pidió que le vigilara la puerta del baño para que nadie entrara en lo que ella lo usaba.
Dayna Tetas se tardo con cojones y tuve que entrar al baño de mujeres para preguntarle si estaba bien y porque se tardaba tanto. Pero cuando me asome en la puerta ella estaba mirándose al espejo y parecía como si la nena del Exorcista se le hubiese metido el diablo bellaco por dentro. Me halo hacia ella para seguir el bellaqueo que habíamos empezado en la acera pero esta vez en el baño de las mujeres de Nono’s. Pero esta vez fue tan intenso que sin pensarlo le saque una teta y empecé a chupársela allí mismo en el baño sin ningún concepto de vergüenza ni de cuanto tiempo llevábamos allá adentro.
Tuvo que haber pasado bastante tiempo porque llegué a escuchar la voz de Moncho que me decía que saliera del baño ya. Le metí la teta dentro de la camisa y cuando salimos había un montón de gente haciendo fila, mirándonos mal y pensando: “Estos jodíos bellacos.” Acto seguido le pedí las llaves del carro de Dayna a Moncho quien todavía las guardaba desde que había estacionado el carro. “Acho cabrón, tu vas ahora a bellaquear con esta en el carro y yo aquí como un come queso, mierda es loco, ¡mierda es!” Me sorprendió la negativa de Moncho pero seguí insistiéndole. “Chico, no seas así loco, mírala como esta.” A regaña dientes Moncho por fin cedió las llaves del vehículo y Dayna y yo nos dirigimos hacia el con caras de lagartijos sádicos y relambíos cuando saben que se van a dar una senda jartera.

Llegamos al carro y nos sentamos juntos en la parte de atrás sin ningún sentido de disimulo alguno ante nuestra compartida bellaquera. Apenas habían pasado siete segundos cuando sentí que Dayna se separo de mi boca y empezó a vomitar su propio asiento trasero. Ahí se parecía a la nena del Exorcista pero cuando le daba por vomitar a la mamá y al cura en la cara. Cuando por fin termino de vomitar Dayna sencillamente se desplomo encima del vomito y se fue diez-siete, completamente inconsciente.
Busque a Moncho para irnos de allí. “¡Qué se chonkeo encima cabrón! ¡Embuste! Diablo que badtrip… diablo cabrón, déjame cogerle una teta ahora que esta to’ jodía…”
Cuando íbamos por el camino de regreso a nuestros hogares nuestros cerebros faltos de oxígeno pero si sobrados de alcohol nos dieron la fabulosa idea de que no sería correcto dejarla así como estaba de sucia en su casa. “Cabrón, vamos a un motel a limpiarla. Yo no me atrevo a dejar esa nena así en su casa” sugirió Moncho. Ya para este entonces Dayna había recobrado en algo el conocimiento y cuando le pregunte por la idea parece que dijo que si, en esto no estoy muy seguro pero se que dijo algo cuando le preguntamos si estaba de acuerdo con llevarla al motel. “Dale pa’l motel loco” dije yo.
El motel al que llegamos en la carretera número 1 de Caguas se llamaba El Esquife, valía 15 dólares, era de dos pisos y era conocido como el motel al que uno iba cuando te ponías bellaco y no querías chingar dentro del carro. Caminamos los tres por las escaleras, pero le estaba dejando claro a Moncho que yo sería quien se ocuparía de Dayna para que estuviera mejor. La metí en la bañera, le quite la ropa dejándola en pantis y bracieles y prendí la ducha. Tan pronto el agua toco la piel de ella se despertó y me miro otra vez con lujuria. Mientras esto pasaba también tenía que batallar con Moncho que estaba en la puerta del baño tratando de entrar pero yo no lo dejaba. “Acho cabrón, déjame verla loco. Diablo, esas tetas puñeta. No seas mamabicho chico.”
No lo deje entrar y lo obligué a que me esperara en el carro, o sea que bajara las escaleras y me dejara en bellaca tranquilidad con Dayna. Pero no lo hizo, Moncho se quedo todo el tiempo en el marco de la puerta del cuarto entre abierta mirando todo lo que pasaba. Después de esto no recuerdo bien como paso pero ya me encontraba en la cama del motel completamente desnudo en compañía de la mujer que había visto vomitar tres comidas completas hace veinte minutos atrás.

Dayna estaba tan loca que solo hablaba en ingles, eso lo encontré bien estupido pero cuando uno esta esnú y con el huevo parao pues como que esas pequeñeces no importan mucho. “Put a condom, put a condom” era lo que me decía ella, así que salí sin ropa a la puerta y tratando de esconder mi erecta hombría con mis antebrazos le pedí a Moncho que me diera unos condones. “Diablo cabrón, después que se lo metas tu dame el winner loco, yo tengo condones pa’ los dos” me dijo un desesperado Moncho. “Mierda es loco, dame los condones a mi que esto es pa’ mi na’ más” le conteste para que se bajara de la nube eyaculadora en la que estaba.
Moncho me dio los condones, me puse uno y empecé con el clásico jueguito de ahora lo ves, ahora no lo ves, pero siempre lo sientes. Ahí estaba dándole igual de duro que Tito Puente con los timbales a Dayna Tetas cuando me percaté de que Moncho 3 Pies estaba mirándonos por la puerta. Solo se veía su cabeza y parte de los hombros, Dayna no sabía que Moncho la miraba mientras yo mojaba mi nugget en su salsita agri-dulce. Hasta la puse en cuatro y mientras me guillaba haciendo las mismas poses que mi sensei Ron Jeremy miraba a Moncho y le sacaba la lengua mientras hacía cuernos con mis manos, como si estuviera diciendo: “¡Mírame loco, se lo estoy metiendo, jaja, que vacilón!” Pero la cara de Moncho en la oscuridad del cuarto no reflejaba ninguna emoción, solo miraba y ya. Después de diez minutos mirando Moncho cerró la puerta y se fue para el carro como le había dicho que hiciera desde un principio.
Paso un rato, hice lo que tenía que hacer y termine. Cuando bajamos las escaleras Moncho estaba dormido dentro del carro. Llevamos a Dayna a su casa, nos montamos en mi carro y le dije a Moncho: “Loco no seas cabrón, no le digas esto a nadie loco, por favor cabrón.” “Esta bien, chilin loco” fue lo que dijo Moncho.
Al otro día por la tarde fui a la cancha de por casa y fui recibido por esta pregunta de parte de Kebo: “¿No te pican las nalgas cabrón?” No entendía de donde venía la pregunta pero ya empezaba a imaginarme que trataba con el algarete de la noche anterior. “¿Qué carajo te pasa loco? ¿De qué tu hablas?” le conteste a Kebo. “No viste, como por ahí están diciendo que Moncho se raspo una puñeta viéndote chingar con Dayna en un motel pues me imagino que te tienen que picar las nalgas, ¿o no cabrón?” Me quede pasmao. “¿Qué cabrón? Este cabrón se estaba tocando el bicho viéndome las nalgas cuando se lo estaba emporrando a esta. Chico loco,¡este jodío cabrón!”
Ahí todo me hizo sentido, cuando estábamos en el motel que solo podía ver la cabeza de Moncho por el marco de la puerta el muy cabroncito había estado jalándose la tripa para no sentirse fuera de grupo y también bellaquear de alguna forma, aunque esta fuera como un control remoto a larga distancia.
Me entere que esa tarde Moncho llegó a los banquitos de la cancha y ante todos los miembros del Corillo Bellaco anunció que había presenciado como a la nena tetoncita del catecismo yo se lo metía en cuatro en un cuarto obscuro de un motel. Cuando le preguntaron que qué hizo él mientras lo veía lo único que pudo decir fue: “¿Pues qué carajo iba a hacer?, ¡me raspe una puñeta socio!” “Pero Moncho, eso no te hace medio maricón haber visto a Alkarah chingando y rasparte una casket loco.” “Nah, cuando yo tenga un hijo le voy a contar de la noche de anoche como la primera vez que hice un threesome en mi vida.”
Actualmente Moncho 3 Pies tiene un hijo de siete años que cada vez que me ve me dice: “Bendición, tío bellaco.”